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Autor Tema: POESIAS Y ADIVINANZAS DE LA NAVIDAD Y FAMILIA. MAIKAAA  (Leído 278 veces)
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maestrilla
  

Avanzad@
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« : 03/Dic/2011~20:19 »


A ver si tenéis algo q estoy cansá de las misma. Maika q eres un banco de recursos, jejejej. O quien tenga es  pa 4 años. Y algún cuento de Navidad. Graciassssssss
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Maikaa
  

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« Respuesta #1 : 04/Dic/2011~00:23 »

Poesias la familia


MI MAMÁ
Todas las mañanas
sueño al despertar
que del cielo un ángel
me viene a besar.
Al abrir los ojos
miro dónde está
y en el mismo sitio
veo a mi mamá.


MI FAMILIA
El que tiene la voz ronca
es papá (decir con voz ronca).
La que tiene la voz fina
es mamá (decir con voz fina).
También tengo un hermanito llorón,
¡buaaa, buaaa!
Y un perrito muy gruñón,
¡guau, guau!
 
MIS PAPÁS
Mis papás me miman,
mis papás me aman,
mis papás me besan
todas las semanas.
¡Mua, mua! (se dan besitos al aire)


CUENTOS SOBRE LA FAMILIA


Las hijitas de Doña Ciempiés
Erase una vez una mamá ciempiés que tenía siete hijas: Centapa, Centepa, Centipa, Centopa, Centapax, Centipoca y Centupiña, la más joven de las hermanas.
Aunque vivían en un jardín donde había más animales, la familia ciempiés siempre estaba sola.
Nadie le hacía caso a las pequeñas ciempiés y el motivo era su color. Siempre que las veían pasar por el jardín, los demás animales se reían y se mofaban de ellas. ¿Pero dónde se ha visto ciempiés con esos colores?
En realidad, ninguna de ellas había nacido con su característico color marrón ...: Centapa era amarilla, pero de un amarillo tan chillón que recordaba al sol. Centepa había nacido con un color celeste. Centipa tenía el color del campo, verde. En cuanto a Centopa poseía un tono semejante al añil. Los colores de Centipoca y Centapax recordaban a los de una naranja muy madura y una fresa de verdad. Por último Centupiña, aún bebé, era violeta como una flor.
Doña Ciempiés, como todas las madres, adoraba a sus hijitas e intentaba explicarles que los demás animales del jardín estaban equivocados. Por tener colores distintos al suyo y al de todos los ciempiés no dejaban de ser quienes eran: ¡unas preciosas ciempiés!
Pero las ciempiés apenas salían de casa y vivían tristes por no tener amigos.
Un día, cuando regresaba a su casa, Doña Ciempiés se fijo en un papel que estaba clavado en un árbol. Lo leyó en voz alta: “Se necesitan animales de colores para el Espectáculo de la Reina”.
Al llegar le contó a sus hijas lo que había leído. Las chicas se quedaron entusiasmadas y, al día siguiente, se presentaron en el palacio. La reina se quedó deslumbrada al ver a unas ciempiés tan bonitas y coloridas y las invitó a vivir en el palacio con su madre. Así, podrían ensayar todos los días y participar en el espectáculo de la reina que se celebraba una vez al año.
El tiempo fue trascurriendo y las ciempiés vivían felices en el palacio.
Cuando llegó el gran día del espectáculo, todos los animales del jardín, por invitación de la reina vinieron a verlo.
Las pequeñas ciempiés interpretaron un número muy divertido llamado “La fiesta del arco iris”. Cuando acabaron fueron muy aplaudidas.
Admirados con sus habilidades, los animales del jardín se dieron cuenta enseguida del error que habían cometido. ¡Aunque tuvieran colores distintos las hermanas ciempiés eran unos animales fantásticos!
Todos, uno por uno, le pidieron disculpas a Doña Ciempiés, y la invitaron a visitar el jardín con sus hijitas.
Y las ciempiés se sintieron muy felices.
A pesar del color distinto
y de nuestra condición
cada uno tiene su valor
¡todos tenemos corazón!

María de Lourdes Figuereido
Coimbra, Portugal


“Un lugar en el mundo”
Era se una vez un lugar muy muy bonito. Un lugar lleno de nubes, de ríos, de mares, de llanuras tan grandes como mares, de desiertos y de montañas llenas de árboles. Un lugar donde se podían ver todos los animales que tu quisieras, siempre y cuando estuvieras en silencio para no asustarles ....Shssssssss. En aquel lugar se habían construido cinco casas en las que vivían cinco familias. No se sabia quienes habían sido los primeros ni los segundos ni los terceros ni los cuartos ni los quintos en llegar a aquel lugar. Pero todos querían vivir allí y allí podían vivir todos. El problema estaba en que casi nunca hablaban entre si. Se veían todos los días y nunca se decían nada, ni tan siquiera una palabra como si de desconocidos se tratase y no eran desconocidos porque vivían en el mismo lugar.

La vida en aquel lugar era muy tranquila y agradable, pero un poco aburrida. La explicación era muy sencilla, si solo hablabas con las personas de tu casa las conversaciones eran siempre sobre las mismas cosas y además se acababan en seguida. Podías jugar, pero los juegos eran siempre los mismos y al final uno se acababa aburriendo. Podías cantar pero las canciones también eran las mismas y todo esto a nadie no parecía importar demasiado. Nadie hacia nada por cambiarlo.

Todas las noches en las cinco casas, a la hora de la cena se reunían todos los miembros de la familia y cenaban juntos y casi siempre en silencio y por supuesto la cena no iba a ser diferente, también comían lo mismo. En una casa se cenaba arroz, en otra patatas, en la otra pescado, en la otra carne y en la quinta verduras. Ellos sabían que cenar lo mismo todos los días del año no era muy buena idea ya que en algunas épocas escaseaba ese alimento, pero como siempre lo habían hecho así, así lo seguirían haciendo... por que tenían que cambiarlo?

Así pasaban los días en aquel lugar tan bonito... hasta que llego aquel verano.

Todas las noches a la hora de la cena, cerraban las puertas y ventanas de la casa, evitando así que entrara ningún extraño y poder estar tranquilos. Pero aquella noche hacía tanto tanto calor que
tuvieron que dejarlas abiertas para que entrara el frescor de la noche. No lo hacían nunca, pero no recordaban una noche tan calurosa y mientras preparaban la cena y sin que se dieran cuenta el olor de la comida salía por las ventanas inundando las calles y también las otras casas. Era una mezcla de olores tan exquisita y diferente que muchos no pudieron resistirse y salieron corriendo a las calles para poder disfrutar del aroma. Mmmmmm. Los niños más pequeños empezaron a saltar y a cantar de alegría, muchos iban de casa en casa probando los manjares que se preparaban.

Estaban tan contentos que decidieron hacer una fiesta todos juntos y así lo hicieron. Bailaron y cantaron y también aprendieron otras canciones y danzas, probaron otros manjares... y ya nunca más les pareció aburrida la vida en aquel lugar.

Ahora todos los días eran diferentes.


Esther González de Vicente
Barberá del Vallés. Barcelona

POESÍA NAVIDAD:

Los tres Reyes Magos
vienen despacito,
a poner juguetes
en los zapatitos.

Uno es alto y flaco,
el otro rechonchón,
y el más pequeñito
es muy juguetón.



OTRA POESIA

En el mundo de los cuentos
ya llegó la Navidad,
todos juntos, muy contentos,
fueron al Niño a adorar.
Pulgarcito le llevaba,
muchas miguitas de pan.
Caperucita una cesta,
con miel, galletas y flan.
Guillermo Tell, su manzana.
Blancanieves, otra igual,
la Ratita Presumida
sus lazos y su moneda,
y el Sastrecillo Valiente,
hilos de lino y de seda.
Cabellos de Oro, un osito,
para que juegue con él.
Hansel y Gretel, turrón,
caramelos y pastel.
El Soldadito de Plomo,
sus muletas y un tambor,
y la niña que vendía
cerillas en una esquina,
como no tenía nada,
le llevó todo su amor.
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Nunca dejes de sonreir, ni siquiera cuando estés triste, porque nunca sabes quien se puede enamorar de tu sonrisa.

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maestrilla
  

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« Respuesta #2 : 04/Dic/2011~14:29 »

Muchas gracias apañáaaaaaaa , q ya estaba harta de las mismas y las editoriales no me convencen. Menos mal q este año trabajo sin libros.  A ver si tenéis un cuentecito de Navidad.
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adanay
  

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« Respuesta #3 : 05/Dic/2011~22:24 »

Teneis poesias ilustradas de navidad?
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azahara
  

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« Respuesta #4 : 05/Dic/2011~22:57 »

Teneis poesias ilustradas de navidad?
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http://loycarecursos.blogspot.com/2009/12/poesias-navidad.html
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A quien teme preguntar, le avergüenza aprender (Proverbio danés).

maestrilla
  

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« Respuesta #5 : 06/Dic/2011~01:41 »

CUENTOS Q HE ENCONTRADO DE NAVIDAD POR SI OS GUSTAN.


LOS ELFOS Y EL ZAPATERO
Hermanos Grimm


Hace mucho, mucho tiempo, vivía en un país mágico un humilde zapatero, tan pobre, que llegó un día en que sólo pudo reunir el dinero suficiente para comprar la piel necesaria para hacer un par de zapatos. - No sé qué va a ser de nosotros - decía a su mujer-, si no encuentro un buen comprador o cambia nuestra suerte. Ni siquiera podremos conseguir comida un día más.
Cortó y preparó el cuero que había comprado con la intención de terminar su trabajo al día siguiente, pues estaba ya muy cansado. Después de una noche tranquila llegó el día, y el zapatero se dispuso a comenzar su jornada laboral cuando descubrió sobre la mesa de trabajo dos preciosos zapatos terminados. Estaban cosidos con tanto esmero, con puntadas tan perfectas, que el pobre hombre no podía dar crédito a sus ojos.
Tan bonitos eran, que apenas los vio un caminante a través del escaparate, pagó más de su precio real por comprarlos. El zapatero no cabía en sí de gozo, y fue a contárselo a su mujer: - Con este dinero, podré comprar cuero suficiente para hacer dos pares. Como el día anterior, cortó los patrones y los dejó preparados para terminar el trabajo al día siguiente.
De nuevo se repitió el prodigio, y por la mañana había cuatro zapatos, cosidos y terminados, sobre su banco de trabajo. También esta vez hubo clientes dispuestos a pagar grandes sumas por un trabajo tan excelente y unos zapatos tan exquisitos. Otra noche y otra más, siempre ocurría lo mismo: todo el cuero cortado que el zapatero dejaba en su taller, aparecía convertido en precioso calzado al día siguiente.
Pasó el tiempo, la calidad de los zapatos del zapatero se hizo famosa, y nunca le faltaban clientes en su tienda, ni monedas en su caja, ni comida en su mesa. Ya se acercaba la Navidad, cuando comentó a su mujer: - ¿Qué te parece si nos escondemos esta noche para averiguar quién nos está ayudando de esta manera? A ella le pareció buena la idea y esperaron agazapados detrás de un mueble a que llegara alguien.
Daban doce campanadas en el reloj cuando dos pequeños duendes desnudos aparecieron de la nada y, trepando por las patas de la mesa, alcanzaron su superficie y se pusieron a coser. La aguja corría y el hilo volaba y en un santiamén terminaron todo el trabajo que el hombre había dejado preparado. De un salto desaparecieron y dejaron al zapatero y a su mujer estupefactos.
- ¿Te has fijado en que estos pequeños hombrecillos que vinieron estaban desnudos? Podríamos confeccionarles pequeñas ropitas para que no tengan frío. - Indicó al zapatero su mujer. Él coincidió con su mujer, dejaron colocadas las prendas sobre la mesa en lugar de los patrones de cuero, y por la noche se apostaron tras el mueble para ver cómo reaccionarían los duendes.
Dieron las doce campanadas y aparecieron los duendecillos. Al saltar sobre la mesa parecieron asombrados al ver los trajes, mas, cuando comprobaron que eran de su talla, se vistieron y cantaron: - ¿No somos ya dos mozos guapos y elegantes? ¿Porqué seguir de zapateros como antes? Y tal como habían venido, se fueron. Saltando y dando brincos, desaparecieron.
El zapatero y su mujer se sintieron complacidos al ver a los duendes felices. Y a pesar de que como habían anunciado, no volvieron más, nunca les olvidaron, puesto que jamás faltaron trabajo, comida, ni cosa alguna en la casa del zapatero remendón.
FIN



EL ARBOL DE NAVIDAD
 
 
Esta es la historia de un pueblito y su gente, o mejor dicho,  es la historia de un arbolito de Navidad que dio mucho que hablar.   
   
 
En el pueblo de Santos Cielos, todos los años y desde hace mucho tiempo, cada ocho de diciembre se armaba un gran árbol de Navidad en la plaza principal. Todos colaboraban en su decoración.

Cada persona del pueblo, rico, pobre, gordo, flaco, viejo o joven, colocaba su adornito,  ofrenda o cartita, para que el árbol cada año luciera más lindo que el anterior.

Era una especie de fiesta para todos, en la que la mayoría trataba de darle al arbolito lo mejor que tenía. Por supuesto nunca falta alguna persona que no estaba de acuerdo con algo: podía ser el color de la cinta, el tipo de moño, el tamaño de la cartita.

Lógicamente, cada uno de los habitantes del pueblo armaba el arbolito en forma muy parecida a cómo vivía su vida.

Los más sencillos, colocaban adornos simples, pero no por eso menos bellos. A los que les gustaba presumir, colocaban los adornos más grandes y que más llamaran la atención de todos. Las personas más serias, ponían moños de color bordó lisos o tal vez verde oscuro, los más alegres, moños y cintitas de todos los colores.

El alcalde del pueblo era un señor muy bueno, al que todos llamaban Bonachón. Ese era su verdadero apellido, pero como realmente era muy bueno el nombre le venía como anillo al dedo.

Don Bonachón supervisaba el armado del árbol que duraba varios días. La costumbre era empezarlo el día 8 y terminarlo el 24 de diciembre.

El alcalde se encargaba de revisar uno por uno los adornos que la gente llevaba  para que todo estuviera en orden. Así era que evitaba más de un problema.

– ¿Qué se supone que traes ahí Clarita? Preguntó asombrado Don Bonachón al ver a la niña con un helado de frutilla y pistacho, yendo directo al arbolito.
– Es para nuestro árbol pues le combinan los colores, los sabores no me gustan pero lo pedí así para que quede más lindo, nada más ¿buena idea verdad?
El alcalde no sabía cómo decirle a la niñita que un helado no era realmente el mejor de los adornos, no quería desilusionarla, pero por otro lado, tampoco podía dejar que el helado se derritiera sobre una rama.
– ¿A que adivino preciosa? Este rico helado lo has traído para mí ¿verdad? Hace mucho calor aquí, debo pasar horas cuidando nuestro árbol. Ya sabía yo que alguien pensaría en este pobre alcalde y me traería algo fresco y además con los colores de Navidad ¡Gracias, muchas gracias!

Clarita se fue sin querer discutir con Don Bonachón y lo saludó con una sonrisa, mientras pensaba qué otra cosa conseguir para el arbolito.

Luego llegó Pedrito un niño muy humilde. Se paró frente al árbol, elevó su mano hacia una de las ramas e hizo como si dejara algo en una de ellas. La verdad es que no había puesto nada, pero se fue muy contento. Don Bonachón presenció la escena muy intrigado, pero no dijo nada.

Al rato llegó una señora muy adinerada en su lujoso auto. De allí bajaron una gran lámpara con cientos de luces pequeñas y cristales que colgaban.

– Vengo a darle un toque de lujo a este árbol, con estas luces en la punta lucirá como el mejor de todos y esto, gracias a mi generosidad. Dijo la señora adinerada.

Mucho le costó al alcalde hacerle entender a la señora que no podían colgar semejante lámpara del árbol, sin que éste se cayera.

Luego de una discusión nada sencilla, la señora se retiró muy ofendida con su lámpara y pensando en que la Navidad no tendría ningún toque de distinción.

La gente seguía trayendo adornos, moños y cosas para el árbol que poco a  poco se iba llenando.

La Navidad se acercaba y Pedrito iba todos los días y también todos los días hacía lo mismo. Paradito frente al árbol abría su manito pequeña, hacía como que dejaba algo en una ramita y con una inmensa sonrisa se iba.
 
No faltó quién empezara a preguntar, no de muy buen modo por cierto, por qué Pedrito no dejaba nada.   
   
 
Realmente nadie entendía bien qué pasaba con él.

– ¿Nos está tomando el pelo? Decía un señor pelado muy enojado.
– ¡De esta manera no vamos a terminar ni para Reyes! Se quejó Don Apurado mirando una y otra vez el reloj.
– ¡Así cualquiera deja algo, qué vivo! Mientras nosotros nos esforzamos por poner los mejores adornos, viene este niño, tan mal vestido dicho sea de paso, y no deja nada. No es Justo. Gritaba la señora adinerada.
– Cada uno da lo que puede, Pedrito sabrá lo que hace. Dijo Don Bonachón tratando de calmar los ánimos.
Se acercaba el último día y todos se apuraban por terminar de llevar sus adornos. Clarita intentó un par de veces más llevar un postre helado y hasta gelatina de frutillas, pero Don Bonachón supo solucionar la situación.

Ese último día y como todos los anteriores, Pedrito llegó hasta el árbol e hizo lo mismo de siempre. Esta vez no se fue. Se quedó esperando a todos los demás,  con la misma sonrisa de siempre.

El pueblo entero se convocó a los pies del árbol gigante que  había quedado precioso. Todos los vecinos del lugar comenzaron a contar qué le habían dado al arbolito y por qué.

Las más coquetas contaron que lo habían adornado con moños porque estaba a la moda.
Los más golosos dijeron que le habían colgado chupetines para comerlos luego.
Los descreídos confesaron que no le habían puesto nada.
Los desganados que le habían puesto lo primero que habían encontrado.
La señora adinerada contó que le había puesto lo más caro que pudo comprar con todo el dinero que tenía.

Don Bonachón escuchó a todos y cada uno de los vecinos. El único que no había abierto la boca era Pedrito.

– ¿Y vos Pedrito, que le ofreciste al árbol?

De repente se armó un lío bárbaro, casi todos empezaron a hablar al mismo tiempo, nadie se escuchaba, todos querían dejar bien claro que el niño nada le había ofrecido al arbolito y que por ende, nada tenía que ver en lo hermoso que había quedado. Nadie le dio tiempo a contestar.

Pedrito escuchaba pero no decía nada. Miraba al gran árbol y la gran sonrisa seguía firme en su carita.

Cuando Don Bonachón consideró que se había hablado lo suficiente, hizo callar a todos y tomó la palabra nuevamente.

– Ahora sí Pedrito, decinos que le diste cada día al árbol por favor.

Todos se miraban como si el alcalde hubiera enloquecido pues sabían que el niño nada había ofrecido. Pedrito se paró y dijo:

– Cada día, desde que empezamos hasta hoy, le he dado al arbolito lo mejor que tengo, un día le ofrecí mis sueños, otro el amor que siento por mi familia, otro las ganas de hacer cosas, otro día mis deseos de ser mejor y así le fui dando todo lo que tengo en mi corazón.

– ¡Qué ridículo! Dijeron los descreídos, los desganados y los presuntuosos.
Don Bonachón, emocionado por un lado y un poco triste por la reacción de su gente, les habló así.
 
– Está visto que mi pueblo no entiende de qué se trata la Navidad y este hermoso árbol con el cual elegimos representarla cada año.

La Navidad, aunque muchos confundan las cosas, no se trata de adornos y regalos, sino de ofrecer a los que amamos lo mejor de nosotros, de acercarnos a la familia y a los seres queridos, de compartir con todos lo que se tiene, poco o mucho no importa.
– ¿Y entonces me quiere decir porque hace años que venimos adornando este árbol si no se trata de adornos la cosa? Gritó un señor muy enojado.
– La Navidad tiene símbolos, cosas que la representan, lindas, hermosas –intentó explicar Don Bonachón– pero que no son lo fundamental. La excusa del árbol era para hacer algo entre todos y unirnos en Navidad y para que cada uno de ustedes pusiera lo mejor de sí, ni más, ni menos. El único que realmente interpretó el mensaje fue Pedrito.
Luego de ese 24 de diciembre, las Navidades no volvieron a ser las mismas en Santos Cielos. Hay que decir que los arbolitos de los años que siguieron, no tenían tantos adornos como los anteriores, pero cada vez había más personas que depositan en aquel hermoso símbolo lo más preciado de sus vidas.

Eso sí, algo no cambiaria jamás, la sonrisa de Pedrito y no sólo en Navidad.

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